Estuve la mitad de mi vida tratando de empujar un auto que
poco pudo avanzar. Aún no tengo claridad de los “porqués”, pero en estos
momentos mis brazos se cansaron de tanto empujar, de tanto agitar, de tanto
intentar levantar. Me cansé y los bajé.
Me cansa enfrentarme constantemente con personas
ineficientes, incapaces, incultas, faltas de instrucción a las cuales tengo que
seguir, creerles, decirles que sí. Ellos evalúan. No me refiero a todos, e
incluso deben ser los menos, pero son los más notorios, lo más influyentes. En
este saco meto a profesores, directores, comisiones evaluadoras, jurados y
hasta encargados de cultura ineptos, que no logran entender, por ejemplo, la diferencia entre el teatro isabelino y un show de travestis.
Me cansa lidiar con pares tibios, ratas vendidas, lagartijas
aprovechadoras, güiñas trepadoras, carroñeros. Buscan sólo su conveniencia sin
interesarles en lo más mínimo quien tiene a su lado o quien viene detrás, ni
siquiera respetan a quien va adelante. Acaparadores de espacios, de lugares o
de instancias. “Winners” de porquería, bostas requizadoras que chapoteando en
su egoísmo cortan las alas de quienes que sin tener apellidos compuestos o
apellido extranjero, sin contar con una cara linda, sin ningún pituto, sin
plata para coimear a alguien, tiene ganas de hacer, trabajar. Ya no aguanto ver
tanto patudo que llora por un fondart, que llora por financiamiento, por
subvención pero no contribuyen en nada a levantar un mercado decente, que cuando
ganan se lo mete al bolsillo y no piensa en una milésima de segundo que esto es
para la gente, no para agrandar nuestros egos. No.
Me cansa que en este país, artísticamente, se prioricen
copias snob de trabajos fríos, vacíos que poco y nada dejan de crítica o de reflexión.
Que no quiebran ni medio plato, no hacen una mísera cosquilla (otra muestra del
engrosamiento del ego de los pares) ante la creatividad, el trabajo complejo y
completo, el hambre de decir, de hacer y contribuir a generar cambios, al
desarrollo de las personas y de un país.
Me cansa -me desilusiona y me duele por sobre todo- la
deshumanización. Existe en todo ámbito, en todos sus niveles. Quizás de las
cúpulas no me extraña ni me molesta tanto. De los pares no puedo entenderlo.
Pero de los compañeros me duele. De mis propios compañeros me dolió, me duele,
aún arde. Puede que sea esta la razón principal de mi huída, porque no tengo el
cuero lo suficientemente grueso para soportar humillaciones, falta de
valorización y de respeto.
Nunca pensé que en mi vida iba a caer tan hondo y
desaparecería por completo mi autoestima. Nunca pensé que iba a justificar la
violencia, la agresión y el menosprecio.
Es que nunca pensé que un compañero amenazaría con
golpearme y el resto de compañeros guardara silencio, avalando-justamente en
silencio- aquellas prácticas. O que
inventara “cahüines” para perjudicarme o escuchar frases como; “su hijo vino a
puro hacer problemas”.
Hoy en día siento que estuve en Shock, a lo menos por un año
y medio, cubierta de tierra, invisible y sin voz. Tuve que llegar a un servicio
de urgencia, con dolores de cabeza inusitados y todo el lado izquierdo de mi
cuerpo sin reflejos y en parte paralizado, para recién comenzar a darme cuenta
que todo esto no estaba bien, que estaba completamente dañada y carcomida.
Logré cortar con eso renunciando, pero no sólo a mi amada
compañía, sino que a mi proyecto de vida. Al amor de mi vida con el cual me
había casado y por quien deje todo de lado. Renuncié a mis sueños, a mis
utopías, a grandes alegrías. Renuncié a mi convicción (puta que duele esto
último).
Renuncié sin querer hacerlo. No me echarían, porque su
cobardía nunca se los permitiría. Sólo me hicieron cagar hasta que me diera
cuenta y renunciara. Me mataron “a la mala”.
Más bien, me dejé matar.
Finalizando, y sin perjuicio de lo anterior, no he olvidado
mis responsabilidades. Los mea culpa
son internos, personales y siendo ordenados. Clasificándolos en “Qué hice mal”,
“Qué no hice”, “Qué dejé de hacer” y “Qué permití”, luego vendrán los “Porqué y
Para qué”.
Comienza así un periodo de replanteamiento y modificaciones.
Pero por sobretodo de sanación, porque quiero dejar de sentir pena, rabia. Quiero
dejar de sentir que hago mal las cosas. Quiero recuperarme y volver a ser la persona
que celebraba la vida.
