sábado, 28 de diciembre de 2013

BAJÉ LOS BRAZOS

Estuve la mitad de mi vida tratando de empujar un auto que poco pudo avanzar. Aún no tengo claridad de los “porqués”, pero en estos momentos mis brazos se cansaron de tanto empujar, de tanto agitar, de tanto intentar levantar. Me cansé y los bajé.

Me cansa enfrentarme constantemente con personas ineficientes, incapaces, incultas, faltas de instrucción a las cuales tengo que seguir, creerles, decirles que sí. Ellos evalúan. No me refiero a todos, e incluso deben ser los menos, pero son los más notorios, lo más influyentes. En este saco meto a profesores, directores, comisiones evaluadoras, jurados y hasta encargados de cultura ineptos, que no logran entender, por ejemplo,  la diferencia entre el teatro isabelino y un show de travestis.

Me cansa lidiar con pares tibios, ratas vendidas, lagartijas aprovechadoras, güiñas trepadoras, carroñeros. Buscan sólo su conveniencia sin interesarles en lo más mínimo quien tiene a su lado o quien viene detrás, ni siquiera respetan a quien va adelante. Acaparadores de espacios, de lugares o de instancias. “Winners” de porquería, bostas requizadoras que chapoteando en su egoísmo cortan las alas de quienes que sin tener apellidos compuestos o apellido extranjero, sin contar con una cara linda, sin ningún pituto, sin plata para coimear a alguien, tiene ganas de hacer, trabajar. Ya no aguanto ver tanto patudo que llora por un fondart, que llora por financiamiento, por subvención pero no contribuyen en nada a levantar un mercado decente, que cuando ganan se lo mete al bolsillo y no piensa en una milésima de segundo que esto es para la gente, no para agrandar nuestros egos. No.

Me cansa que en este país, artísticamente, se prioricen copias snob de trabajos fríos, vacíos que poco y nada dejan de crítica o de reflexión. Que no quiebran ni medio plato, no hacen una mísera cosquilla (otra muestra del engrosamiento del ego de los pares) ante la creatividad, el trabajo complejo y completo, el hambre de decir, de hacer y contribuir a generar cambios, al desarrollo de las personas y de un país.

Me cansa -me desilusiona y me duele por sobre todo- la deshumanización. Existe en todo ámbito, en todos sus niveles. Quizás de las cúpulas no me extraña ni me molesta tanto. De los pares no puedo entenderlo. Pero de los compañeros me duele. De mis propios compañeros me dolió, me duele, aún arde. Puede que sea esta la razón principal de mi huída, porque no tengo el cuero lo suficientemente grueso para soportar humillaciones, falta de valorización y de respeto.
Nunca pensé que en mi vida iba a caer tan hondo y desaparecería por completo mi autoestima. Nunca pensé que iba a justificar la violencia, la agresión y el menosprecio.
Es que nunca pensé que un compañero amenazaría con golpearme y el resto de compañeros guardara silencio, avalando-justamente en silencio-  aquellas prácticas. O que inventara “cahüines” para perjudicarme o escuchar frases como; “su hijo vino a puro hacer problemas”.
Hoy en día siento que estuve en Shock, a lo menos por un año y medio, cubierta de tierra, invisible y sin voz. Tuve que llegar a un servicio de urgencia, con dolores de cabeza inusitados y todo el lado izquierdo de mi cuerpo sin reflejos y en parte paralizado, para recién comenzar a darme cuenta que todo esto no estaba bien, que estaba completamente dañada y carcomida.

Logré cortar con eso renunciando, pero no sólo a mi amada compañía, sino que a mi proyecto de vida. Al amor de mi vida con el cual me había casado y por quien deje todo de lado. Renuncié a mis sueños, a mis utopías, a grandes alegrías. Renuncié a mi convicción (puta que duele esto último).
Renuncié sin querer hacerlo. No me echarían, porque su cobardía nunca se los permitiría. Sólo me hicieron cagar hasta que me diera cuenta y renunciara. Me mataron “a la mala”.

Más bien, me dejé matar.

Finalizando, y sin perjuicio de lo anterior, no he olvidado mis responsabilidades. Los mea culpa son internos, personales y siendo ordenados. Clasificándolos en “Qué hice mal”, “Qué no hice”, “Qué dejé de hacer” y “Qué permití”, luego vendrán los “Porqué y Para qué”.

Comienza así un periodo de replanteamiento y modificaciones. Pero por sobretodo de sanación, porque quiero dejar de sentir pena, rabia. Quiero dejar de sentir que hago mal las cosas. Quiero recuperarme y volver a ser la persona que celebraba la vida.

jueves, 7 de noviembre de 2013

¿Lo "normal" es necesariamente "bueno"?

Ayer presencié una situación para mi particular, para muchos normal. Cuando digo particular, no quiero decir que desconozco que sucede esto a diario, pero me niego a que me resulte algo normal. Recibí mucha información diversa y sentía que no sabía que opinar o cual era mi postura al respecto.

La situación fue; Yo en transantiago, camino a mi trabajo, 19 hrs aproximadamente. Taco por avenida Santa María. El chofer insistía en irse por segunda fila soslayando algunos paraderos. Es por esa razón que en la intersección con Purísima se acerca un hombre de no más de 40 años con un niño de unos 8 o 9 años, increpando por la ventana al chofer. Decía; “tercer bus que no para, que va en segunda fila, llevo casi una hora intentando irme a mi casa y bla, bla, bla.” (Por supuesto a esto debemos añadirle uno que otro insulto, ce te emes varios). Pasó menos de un minuto de palabreos y se enfrascan en puñetazos. Chofer desde su asiento, hombre desde la calle  con una mano tiraba combos por la ventana y con su hijo en la otra mano, entremedio de los autos detenidos debido a una luz roja. Aquel hombre estaba muy alterado.
Esto provocó que los pasajeros comenzaran a gritar tímidamente, tanto a favor o en contra del chofer. Señoras gritaban; “oye, como estas peleando con tu hijo de la mano en medio de la calle”, una chica joven (la menos tímida) decía; “que te cuesta abrirle la puerta, vas en segunda fila, no respetas los paraderos, por eso a la gente no le gusta tu servicio”. Ella insistía en el respeto.
A su vez, un señor (el más tímido) hacía el ademán de gritarle a la niña joven; “Oye, cállate, así quieren educación gratuita, esa es la educación que piden”.
Y mientras escuchaba todo eso, no podía despegar los ojos del niño que había soltado la mano del padre para subirse a la vereda. Ambos al borde del llanto. Estaba estremecida con el niño y su rostro inmerso en el miedo. A lo que sólo me nació desde arriba del bus regalarle una sonrisa, una levantada de ceja y tirarle un beso. Tratando de alguna manera, incluso absurda, de entregarle calma, un abrazo ficticio, una caricia invisible. Sólo esbozó mínimamente una sonrisa.

El semáforo dio verde, el padre quedó en la calle, el bus continuó su camino. Seguía la chica joven vitoreando sobre el respeto. Llegamos Pio Nono y muchos se bajaron. Me siento y sigue el camino. Ahora escucho a dos hombres de unos 30 años que iban en los asiento de atrás y su conversación se resumía en que los choferes deberían ir con lumas para espantar a este tipo de gente, que el servicio militar debiera volver a ser obligatorio y que a palos es la única forma de que este mundo se arregle. Y yo me cuestionaba; ¿Lo increpo? O ¿me pongo audífonos?
Quizás fue muy cobarde de mi parte y me puse los audífonos. Ni siquiera recuerdo que escuché, porque el fin era no escucharlos a ellos, no importó en absoluto que sonidos entraban por mis oídos.
Y en todo el trayecto miraba la invasión de propaganda electoral y jugué a que opinaría cada uno de ellos si hubiesen estado en mi lugar.

Llegué a mi trabajo y a algunos les conté la situación y lo impactada que estaba. Ellos se impactaban que yo estuviera impactada porque es algo que sucede a diario y es de lo más “normal”. Y yo me impacto de que ellos se impacten que me impacte. Este trabalenguas me dejó aun más confundida.
Ahora no sé cuál es mi opinión al respecto. Si, no está bien que el chofer no pare donde le corresponde. Si, no está bien que el hombre reaccionara de forma tan violenta y peor aún en presencia de su hijo. Si, la chica joven tenía razón. Si, las señoras tienen razón.
Estaba fuera de lugar el comentario sobre la educación del señor. Y aunque cueste creerlo, hay más gente de la que uno cree que piensa como los treintones de los asientos de atrás.

No sé como homogeneizar todo esto. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Es faltar el respeto a alguien preguntarle cuánto cobra por hacer aseo?


Lejos de justificar lo injustificable (me refiero al tuit del señor Nicolás López), me nace una interrogante más profunda al respecto.

Es preocupante observar cómo llegó el mensaje a la opinión pública sobre la “ofensa” que fue propinada a la Señora Roxana Miranda por el Señor López. Si bien, cada uno puede darle la connotación que guste a aquel tuit, no nos consta cual es la intención original con el que fue escrito.

Seamos honestos, en Chile, si se denosta o inferioriza a la gente por hacer aseo, limpiar baños o barrer las calles. Es, entonces, lo que me cuestiono; ¿Qué es más clasista, el tuit de Nicolás López o que un gran porcentaje de este país le parezca que hacer aseo en una casa sea instrumento de escarnio?
Por lo tanto, independiente de la "categoría" de la persona, "Hacer aseo" en Chile se estima como una situación de menosprecio. Esa generalización me parece gravísima y penosa. Si el prisma fuera distinto, no tendríamos a alguien usando el "hacer aseo" como “ofensa”
Si lo traducimos en lo macro social, la gran problemática chilena en su escala social, es que las personas son catalogadas por lo que tiene materialmente o por lo que hace como oficio u ocupación, en el lugar de lo que es en términos humanos y como es su comportamiento para con el resto.

En lo personal, no me parece reprochable ningún oficio, ocupación o profesión sea cual sea, realícela quien la realice. Mientras no cause daño a nadie, mientras sea bien utilizado y no sea objeto de aprovechamientos, no debe ser juzgado. Las personas no pueden ser juzgadas por lo que hace, si no por lo que es. Reclamamos por desigualdad, pues entonces no pongamos etiquetas ni armemos pirámides de categorías.


* Polémico Tuit de Nicolás López sobre Roxana Miranda