Ayer presencié una situación para mi particular, para muchos
normal. Cuando digo particular, no quiero decir que desconozco que sucede esto a
diario, pero me niego a que me resulte algo normal. Recibí mucha información
diversa y sentía que no sabía que opinar o cual era mi postura al respecto.
La situación fue; Yo en transantiago, camino a mi trabajo,
19 hrs aproximadamente. Taco por avenida Santa María. El chofer insistía en
irse por segunda fila soslayando algunos paraderos. Es por esa razón que en la
intersección con Purísima se acerca un hombre de no más de 40 años con un niño
de unos 8 o 9 años, increpando por la ventana al chofer. Decía; “tercer bus que
no para, que va en segunda fila, llevo casi una hora intentando irme a mi casa
y bla, bla, bla.” (Por supuesto a esto debemos añadirle uno que otro insulto,
ce te emes varios). Pasó menos de un minuto de palabreos y se enfrascan en
puñetazos. Chofer desde su asiento, hombre desde la calle con una mano tiraba combos por la ventana y con
su hijo en la otra mano, entremedio de los autos detenidos debido a una luz
roja. Aquel hombre estaba muy alterado.
Esto provocó que los pasajeros comenzaran a gritar
tímidamente, tanto a favor o en contra del chofer. Señoras gritaban; “oye, como
estas peleando con tu hijo de la mano en medio de la calle”, una chica joven
(la menos tímida) decía; “que te cuesta abrirle la puerta, vas en segunda fila,
no respetas los paraderos, por eso a la gente no le gusta tu servicio”. Ella
insistía en el respeto.
A su vez, un señor (el más tímido) hacía el ademán de
gritarle a la niña joven; “Oye, cállate, así quieren educación gratuita, esa es
la educación que piden”.
Y mientras escuchaba todo eso, no podía despegar los ojos
del niño que había soltado la mano del padre para subirse a la vereda. Ambos al
borde del llanto. Estaba estremecida con el niño y su rostro inmerso en el
miedo. A lo que sólo me nació desde arriba del bus regalarle una sonrisa, una
levantada de ceja y tirarle un beso. Tratando de alguna manera, incluso
absurda, de entregarle calma, un abrazo ficticio, una caricia invisible. Sólo
esbozó mínimamente una sonrisa.
El semáforo dio verde, el padre quedó en la calle, el bus
continuó su camino. Seguía la chica joven vitoreando sobre el respeto. Llegamos
Pio Nono y muchos se bajaron. Me siento y sigue el camino. Ahora escucho a dos
hombres de unos 30 años que iban en los asiento de atrás y su conversación se
resumía en que los choferes deberían ir con lumas para espantar a este tipo de
gente, que el servicio militar debiera volver a ser obligatorio y que a palos
es la única forma de que este mundo se arregle. Y yo me cuestionaba; ¿Lo
increpo? O ¿me pongo audífonos?
Quizás fue muy cobarde de mi parte y me puse los audífonos.
Ni siquiera recuerdo que escuché, porque el fin era no escucharlos a ellos, no
importó en absoluto que sonidos entraban por mis oídos.
Y en todo el trayecto miraba la invasión de propaganda
electoral y jugué a que opinaría cada uno de ellos si hubiesen estado en mi
lugar.
Llegué a mi trabajo y a algunos les conté la situación y lo
impactada que estaba. Ellos se impactaban que yo estuviera impactada porque es
algo que sucede a diario y es de lo más “normal”. Y yo me impacto de que ellos
se impacten que me impacte. Este trabalenguas me dejó aun más confundida.
Ahora no sé cuál es mi opinión al respecto. Si, no está bien
que el chofer no pare donde le corresponde. Si, no está bien que el hombre
reaccionara de forma tan violenta y peor aún en presencia de su hijo. Si, la
chica joven tenía razón. Si, las señoras tienen razón.
Estaba fuera de lugar el comentario sobre la educación del
señor. Y aunque cueste creerlo, hay más gente de la que uno cree que piensa
como los treintones de los asientos de atrás.
No sé como homogeneizar todo esto.
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